miércoles, 30 de octubre de 2013

Polo Sur


Para romper el hielo les comparto mi vida en 10 minutos:
 Mi vida en 10 minutos

“I have found the paradox, that if you love until it hurts, there can be no more hurt, only more love.”
Mother Teresa.


Siempre es un desafío pensar en mí misma, en mi historia, en cómo devine lo que soy hoy. De repente aparecen mil facetas, caras, momentos, y me siento una ensalada de frutas llena de diferentes vivencias, que no tienen nada que ver una con la otra, pero que me dan el sabor que tengo hoy. Igualmente, creo que siempre hay un núcleo clave que me lleva a mi ser más esencial, ese jugo de naranja,  que lo encuentro cuando freno y me miro; sobre todo cuando me miro cuando era niña.

Me encantaba jugar sola, cantar, bailar en el jardín, pintar, también jugar con mis amigas y hermanos, pero tengo recuerdos algo místicos estar en soledad con la naturaleza. Me sentía acompañada en esa soledad. Viví los primeros años conscientes en Paraguay y después volvimos a Argentina. Pero desde temprano tuve un contacto fuerte con la naturaleza que me daba la sensación de estar conectada con algo más, con Dios quizá.

Después en Argentina empecé a ir al colegio, y al principio me parecía un juego, porque me gustaba estar con mis amigas, jugar a las escondidas, divertirme… y de a poco entendí que había algo más atrás de este juego, y me encantaba aprender y preguntar y repreguntar. En casa quizá no me incentivaban tanto a leer o a saber ciertas cosas, pero al ser la más chica de siete hermanos aprendía bastantes cosas por curiosidad. El 15 de mayo 1990 aparecí en la vida de mi familia y aprendí a acomodarme a sus tiempos, a sus ritmos. Siempre me encantó tener muchos hermanos, porque fueron mis primeros grandes profesores, después de mis papás. Me enseñaron a compartir, escuchar, cuestionarme, respetar al otro, descifrar en qué momentos me debía callar. Me enseñaron a respetar al otro, con sus diferencias y a la vez amar su libertad. Me costó mucho ver como mis hermanos iban madurando y tomaban decisiones que a veces los alejaban de mí, como irse a vivir a otro país, pero de a poco fui aprendiendo a soltar y entendí que el amor es mucho más grande que compartir el día a día. Mi mamá también siempre es un referente fundamental en mi vida por su vocación de servicio, de desvivirse literalmente por sus hijos y de dejar TODO. Y mi papá es un ejemplo único de generosidad y amor, y sobre  todo es increíble el amor que se tienen con mamá.

La realidad es que nací en una situación ultra favorecida y no tengo más que dar gracias a la vida por todo lo que me dio y me da constantemente. Desde chiquita me sentí contenida por todo el amor de mi familia y de personas que me ayudaron mucho en mi crianza como Marga. Nací en una cuna de amor, con necesidades satisfechas en todo sentido, por eso me chocó tanto salir al mundo y ver que no todos vivían así. Mi primer encuentro consciente con esa otra realidad fue cuando tenía 12 años y fui a ayudar a un evento del día del niño en un barrio en pacheco donde los chicos hacían una murga, y con mis amigas organizábamos la kermes. Siempre supe y rece por las personas que pasan hambre, pero una cosa es pensar y otra cosa es vivir y conocer la realidad. La clave del servicio es la empatía real. Y ese día del niño nació una consciencia que se marcó fuego adentro mío: tenía que hacer algo por estas personas. Y creo que de a poco fue creciendo ese impulso por querer chocarme con el mundo, ver la realidad, salir de mi caja de cristal. Al principio fui un poco dura conmigo misma porque no me sentía digna de todo lo que tenía, entonces empecé a anularme y a hacerme mal de alguna manera. No sabía decir que no, sentía que yo ya había tenido suficiente y que la otra persona, sea quien fuere, necesitaba más que yo. Entonces empecé a lastimarme hasta el punto de no saber lo que realmente quería porque siempre me amoldaba a lo que el otro necesitaba. Pero esto se fue volviendo insostenible… y de a poco fui ganando confianza en mí misma, y fui aprendiendo a marcar los puntos. Hasta acá puedo, hasta acá no. Necesitaba ratos de silencio para pensar en mí y volver a mi eje, volver a mi Belén niña. Sin duda quiero ayudar y creo firmemente que mi vida encuentra sentido en esa entrega de amor, pero la cuestión está en el cómo. En ese momento empecé a quererme y a entregarme conscientemente, no para aniquilar mi ego, sino por amor. Entonces empecé a enfrentarme con la realidad cada vez que podía: yendo a misionar, mirando a las personas a los ojos, yendo a construcciones, apoyo escolar. Y a la vez fui buscando a Dios más y más.

A penas terminé el colegio quería hacer algo bueno para “salvar el mundo”. No entendía como podía existir el hambre y las guerras todavía, no entendía como todos seguíamos siendo egoístas, no entendía como no podíamos amarnos todos y LISTO. Entonces se me ocurrió estudiar Relaciones internacionales para trabajar en Naciones Unidas y trabajar con refugiados, viajar a África y combatir la pobreza, y cambiar estructuralmente al mundo. Era muy idealista, ahora sigo siendo pero ahora tengo los pies más en la tierra. Yo quería hacer cosas buenas, y no quería escuchar más quejas de “que los políticos…”, sino que quería hacerme cargo.

Durante mi intercambio en Barcelona tuve momentos de epifanías. Empecé a buscar a Dios en todos lados. Este viaje fue la excusa perfecta para romper con estructuras, romper con todo lo establecido y darme cuenta qué era yo verdaderamente, sin contenciones, sin nada que me determine, simplemente yo al natural. Y entonces empecé a derribar ideas de Dios, pero para eso fue preciso ir a un convento medieval por 3 días en Tudela; ir a Chipre a conocer a Mawlana el Sheik de los sufíes; entrar a cada iglesia se cruzaba en mi camino;  ser casi pisada por una camioneta de hermanas de la caridad mientras patinaba y luego ir a trabajar a su comedor y rezar con mis amigos. Descubrí que Dios estaba en el servicio, en la entrega. Dios, para mi, es esa sonrisa que resuena adentro mío, es ese buscar respirar y respirar y no poder llenar los pulmones de lo ensanchados que están; Dios esmi esencia más pura, y esta adentro mío y de todos. No sé si está bien hablar tanto de Dios, pero creo que no puedo escribir de mi sin mencionarlo porque mi vida es esta búsqueda de buscarme y buscarlo, y viceversa. Una vez un maestro sufí, Burjanuín me dijo: sos muy afortunada, ¿qué haces con todo lo que tenes? Y yo le dije: doy gracias. Y él me dijo: es el primer paso, pero no es suficiente.

Caminando en las calles de Barcelona sentí una amargura interna fuerte, porque a pesar de ser una ciudad europea, yo vivía cerca del barrio más humilde y sobre la calle más transitada de todo Barcelona, y veía, sentía el dolor de la gente que mendigaba pero a la vez me sentía totalmente vulnerable a entregarme porque no tenía mucho y no sentía el respaldo de mi familia. Entonces tenía que hacer algo, tenía que saciar esa sed de ayudar de alguna forma, y misteriosamente, un día mientras patinaba por la rambla (donde hay baldosas con ranuras que no me favorecen el patinaje de una principiante), decidí patinar por la calle sin saber bien cómo frenar, cruzando los dedos, esperando que nadie quisiera doblar y de repente una camioneta llena de hermanas de la caridad casi me pisa y casi muero. Bueno, de verdad no me iba a morir, pero las hermanas me pusieron una cara de horror y pánico. Y ahí sonreí: estaban las hermanas de la caridad en Barcelona, quizá podía ayudarlas. Entonces googlié donde estaban las hermanas y afortunadamente tenían un comedor a 10 cuadras de mi casa. Feliz fui al día siguiente, pero estaba cerrado, entonces volví el jueves como decía un cartel. Y me encontré con una fila de 50 personas que vivía en la calle que esperaban para comer. Había gente de todas las nacionalidades, de todas las edades, generalmente mayores. Y cuando entré las hermanas me dieron órdenes como “barré acá”, “serví el guiso”, “busca más pan”, sin saber quién era, qué hacía, porqué estaba ahí. Y cuando entre al comedor había una cruz gigante, y a lado un cartel que decía “TENGO SED”. Y ahí me emocioné, empecé a servir con una sonrisa en el alma, teniendo presente que cada persona que estaba ahí comiendo era Jesús, eran hijos de Dios. Y las personas me agradecían y me decían “muy bien servido”, y yo solamente había puesto una sonrisa. 

Después, en una misión que hice en julio del 2012, volví a confirmarme que quería servir. Se me desgarró el alma al ver la pobreza rural, y ahí entendí que cuando el alma se desgarra también se expande. Se expande viendo a un niño durmiendo tranquilo en frente de Dios. El alma esta en calma cuando escucha los vientos, ve los cerros, cuando ve que la creación es buena. Mi alma se desgarró al ver la inequidad en carne y hueso. La abundancia y la escasez sin grises de por medio. Y fui consciente de cuánto me falta dar, cuanto me falta crecer. Mi alma se alegraba al ver una sonrisa, unos ojos que sonreían ante mi presencia. Me encantaba jugar con los niños y transformar a las piedras en jirafas y elefantes.


De a poco fui entendiendo que para darse es necesario formarse, quererse. Entonces me fui nutriendo de las cosas que me daban felicidad como pintar, caminar, leer, escuchar música, bailar, tocar la guitarra, tirarme en el pasto, ser turista en mi ciudad, y disfrutar, como dicen en La sociedad de los poetas muertos: “I wanted to live deep and suck out all the marrow of life”. Desde siempre supe que en el servicio está la clave de mi felicidad. Cada uno de nosotros tenemos un laberinto para resolver en nuestra vida, y creo firmemente que el mío está en darme, y para darme tengo que amarme y conocerme, porque no quiero darle un mamarracho a alguien que realmente necesita algo BUENO. Finalmente descubrí que quiero hacer un cambio chiquito pero real, no cambiar el mundo sino cambiar el mundo de una persona por lo menos, porque sé que vale la pena y tengo las herramientas para hacerlo, me tengo a mí misma.


y a los Pexas, porqué no.


4 comentarios: